Muchacho rebelde


-Porque siempre querés contienda, y lo que conservo de mi orgullo me basta para dártela- gritó “Moloch”, acuñado paternalmente a causa de sus primeras precoces quejas llegadas al hogar. De indefinibles apariencia mutaba el joven en situaciones de cólera y una voz chillona se propagaba por todo el vecindario.-¡Basta Moloch, basta!- Levantó el tono su padre, hombre moderado y de grandes bigotes que usaba desde los veinte años -No podés seguir con estos caprichos ¿Crees que vas a llegar a algo?

Bartolomé Arriola siempre aborreció a todos, a los colegas de su colegio los tarascó al ver que estos invadían su territorio, y manoseaba a las niñas con sólo decirles: “Estamos jugando”. Una jornada hubo en que llegó a quitarle por completo un dedo a su mejor amigo. La madre del muchachito apareció desconsolada insultando a Orest, padre del pequeño pérfido y carnívoro. -¡Mire lo que le hizo su hijo a mi nene!- Y el pequeño gimoteaba, entretanto, exiguas gotas de sangre estallaban en el piso. El rostro de Orest se comparaba al lúcido semen precoz de la pubertad. -¿Eso ha hecho mi hijo? No puede ser- Tomándose la cabeza calva.

Moloch, abanderado por su malevolencia es nombrado en las salas y los pasillos, todos se le distancian con exactitud y no lo miran al verlo pasar. Fuma desde una temprana edad, y unos años más tarde decidió probar la marihuana con quien sustentaría diariamente sus ánimos y falta de inserción.

-Bartolomé ¿Vas a ir al psicólogo?- Lo contempló la madre acariciándole su espalda. Moloch se levantó y respondió, con los cabellos ocultándole los ojos. -¿Por qué no vas vos a ver esa vieja? Yo no estoy loco- De un portazo salió al patio ycomprobó si le quedaba algo de hierba. Apoyado en un tronco fumó con cierta parsimonia y placer-“Yo no quiero comprender a nadie y que nadie me comprenda” se decía a sí mimo. Muy perspicaz fue a la hora de no dejar indicios, veracidad de que fumaba, prendió fuego con unas hojas secas y se quedó ahí hasta que los padres apagaran la luz naranja que sobresalía de la ventana izquierda que daba justo al patio. No lo llamarían, hacerlo implicaba una discusión o una escapada de Moloch para no volver durante dos días. Llego un día la salida del sol y su entrada para cederle la vigencia nocturna a la luna. Íntegramente los hechos pueden convertir los cimientos de un día en algo siniestro. Bartolomé entró a su cuarto, se desvistió y frente al espejo miró su pene cercado de bellos, con un dedo lo tocó y olfateó para ver el aroma ignoto que emanaba. La puerta estaba intacta, entreabierta, mantenía la esencia de cómo el joven la había dejado. Prendió la ducha y se relajó con la lluvia que caía y golpeaba en la bañadera. De pronto murmullos y seguidamente llantos del otro lado ¿Qué paso? Exclamó Moloch enjuagándose los pezones. Su madre había fallecido. El cáncer, reproducción de la misma muerte silenciosa, se le apoderó de la sangre, y aquellos tiempos de tratamientos se oxidaban junto a los dos aros que tenía cuando Orest la encontró rígida en su cama.

La ida y la ausencia no fueron tan significativas para Bartolomé en un principio, aún, siguió siendo el mismo bandido de siempre, y consumía otro tipo de drogas, según él, para experimentar y abordar la realidad en otros estados, siempre tratando de invocar lo infinito. No hubo velorio, la sepultaron a las nueve menos cuarto de la mañana. Orest fue internado ese mismo día a causa de un pálpito. Por la noche Moloch lloró a escondidas, fue al baño una y otra vez viéndose tan ridículo al distinguir los ojos fruncidos y algunas gotas atravesaban por sus mejillas. La casa estaba solitaria, el gato maullaba y la televisión apagada, el padre no estaba sobre sillón cruzado de piernas viendo el noticiero de las ocho esperando la comida de su esposa. “Este fue mi padre, culpa de él ella murió” Meditaba el joven mirando el suelo mientras movía los dedos con nerviosismo. Cerró los ojos para acordar momentos con su fallecida y se quedo dormido. Al entrar su padre, más flaco que los días anteriores, vio a Moloch y dijo: -Hola hijo ¿Cómo estás? Él lo miro, tomó una campera sucia y huyó. Orest quedó perplejo, corrió con su mirada a Bartolomé hasta perderse y luego se posó en el sillón pensativo sufriendo escalofríos de no oír “Amor, es un niño ya se le va a pasar”.

Esa noche no cenaron. Un propenso silencio y los ruidos de los automóviles yendo y viniendo hablaban por la familia constituida de miembros ausentes. Pertenecer a la clase alta era un prestigio en la ciudad, pero Orest empezaba a descreer, varios sucesos debieron pasar para discernir lo que realmente se denomina prestigio. El ruido eléctrico de la heladera marcaba cierta compañía ficticia, sin alma y sin el poder llenar la realidad hueca y terca, más que a la imaginación de creer que ella llegaría. Un portazo aturdió la casa cerca de las once. Orest se despertó, dentro de la cama se movilizó y comprendió que era su hijo. Al saber esto, llevó su mano a la cara para seguir rindiendo culto al dolor, los símbolos de él eran lagrimas y arquitecturas emocionales dentro de un cuerpo desconocido. Las horas pasaron en silencio, ¡tic-tac! ¡tic-tac! era el monótono ruido fantasmal que aturdía en la demencia a Moloch. Sentía ganas de largarse a llorar, y sin embargo reprimía las emociones por pensamientos oscuros. En ellos se escondían asesinos, violadores, suicidas y hasta el mismo Dios. Era demasiado extenso para el joven de apenas quince años desarrollarse en esos tugurios. Un ronquido infernal provino de la habitación paterna, del actor que aportó su espermatozoide y estaba en dolencia con su conjugue. Moloch suspiró repentinas veces, entrechocó los dientes y rompió el primer elemento al paso. Aún los ronquidos seguían, y cada vez más profundos, parecían una máquina o un trueno alarmando su alma. Marchó con sigilo a la habitación del ruido hosco, cauteloso, todavía indeciso en su quehacer y consecuencias, de estas no sabía nada, desconocía la palabra c-o-n-s-e-c-u-e-n-c-i-a. Abrió la puerta y la luz del comedor entró de lleno al cuerpo de su padre. Orest, tenía una manta y no era verdadera y real, la maga lámpara de neón lo iluminaba con su blanco. El joven prosiguió, ingenuamente se acercó a la cama de su padre, lo observó entre lágrimas y, antes de culparlo por su madre fallecida, lo asfixió con una bolsa. Tres ademanes y pataleos fueron suficientes para acabar con el último miembro de la familia. El cuerpo quedo extendido, los ronquidos cesaron. Al unísono se hizo el arrepentimiento de Bartolomé, no pudo resistirse más y al cabo de tres horas se entregó.

Moloch, este 23 de septiembre cumplirá cuarenta y tres años, hace diez que se encuentra internado en uno de los manicomios más importantes de su país. En la planilla los médicos pudieron ver que nunca fue rebelde como Orest se lo decía a su esposa. Los padres nunca supieron ni se enteraron de su diagnostico: Esquizofrénico.

 

 Bernabé De Vinsenci

Acerca de lasletrasmolan

Soy licenciado en Filología hispánica y profesor de asignaturas de letras: Lengua castellana, Lingua galega, Latín, Historia, Filosofía, Técnicas de expresión escrita, Francés. Tengo experiencia docente en colegios, academias y a domicilio. Ofrezco una visión lúdica de las materias de letras, sin olvidar la base teórica y teniendo muy en cuenta las dificultades del alumno a la hora de afrontar sus estudios. Querido profesor: también cuento contigo y tal vez en algún momento te sientas identificado con alguna de las situaciones aquí expuestas. Queridos padres: sin vosotros esta página no sería posible.
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