¿Qué tiene que ver don Quijote con el ganchillo?


Aparte de tener la posibilidad de ganchillar a los personajes del libro, también se puede crear una historia similar a la del ingenioso hidalgo cuyos protagonistas sean elementos relacionados con las labores y su locura consista en tejer compulsivamente.

Tal es lo que han realizado los chicos de La Maison Bisoux, al crear Las aventuras de Ganchillote de la Mancha. Una perfecta adaptación de la obra cumbre de la literatura española al mundo del ganchillo. El lenguaje está perfectamente imitado y tanto las locuras como las visiones del protagonista se ajustan como un guante de lana hecho a medida, nunca mejor dicho, al cosmos literario aquí tejido. Sin más os dejo la entrada y el enlace:

http://lamaisonbisoux.wordpress.com/2014/04/25/las-aventuras-de-ganchillote-de-la-mancha/

Las aventuras de Ganchillote de la mancha

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(Haz click en cualquiera de las imágenes para verlas en grande)

La Maison Bisoux tuvo acceso a un antiguo cartapacio en cuya primera página figura un título que nos llamó poderosamente la atención: “Historia de Ganchillote de la mancha, escrita por Cide Crochete Pomponeli, historiador arábigo, 1605”. Recibida la traducción al español, tenemos el honor de publicar en primicia los nueve primeros capítulos.

I

Que trata de la condición y ejercicio del hidalgo Ganchillote de la mancha. 

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme –y aunque quisiera, no recuerdo dónde lo apunté–, no ha mucho tiempo que vivía un ganchillo de los de forma ergonómica, punta estrecha y marca Addi. Los ratos que estaba ocioso se daba a leer libros de crochet. Llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas madejas para comprar más libros; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos, de ‘Sotanas de grannies para el Jesuita moderno’ a ‘Trapillo, recicla tu viejo jubón’. Rematado ya su juicio, con el afán de desfacer nudos y recuperar puntos, decidió hacerse ganchillero andante.

Fue a ver a su ovillo, con el que solía pasearse por el lugar, y a pesar de estar deshilachado, repleto de nudos y medio fieltrado, le pareció a él la más lujosa lana de alpaca andina. Como no era razón que el ovillo de tan principal ganchillero estuviese sin nombre conocido, dio en llamarle Ovillante. Puesto nombre y tan a su gusto a su ovillo, quiso ponérsele a sí mismo, y al cabo se vino a llamar Ganchillote de la mancha, dado que por aquellos lares era conocido por el poco cuidado que ponía al comer, ensuciando las más veces su sencilla vestimenta.

Preparados sus útiles tejeriles, se dio a entender que no le faltaba sino dama de la que enamorarse, pues un ganchillero andante sin dama es como un patrón sin esquema. Veíase ya enviando a hincarse frente a su amada a las tejedoras agradecidas, para que estas dijesen con voz humilde y rendida: “soy la gran diseñadora Ysolda Vigas, de la ínsula Lazadania, a quien ayudó a cerrar un proyecto con una unión sin costuras en singular diseño el jamás como se debe alabado Ganchillote de la mancha”. Recordó entonces a una oveja merino que había visto dibujada en el manual Renaissance Crochet y vino a llamarla Merinea.

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II

Que trata de la primera salida que de su tierra hizo Ganchillote

Una mañana, antes del día, agarró sus utensilios tejeriles, montó sobre Ovillante y partió sin ser visto. Casi todo el día caminó hasta que, al anochecer, cansado y muerto de hambre, vio una venta no lejos del camino por el que iba. Avivó el paso de tal manera que llegó antes de caída la noche. Como a nuestro aventurero todo lo que veía o imaginaba le parecía hecho a medida de sus libros de crochet, se le representó que la venta era una fábrica de lana.

Se llegó a la entrada de la venta, donde le recibió el ventero, que le ofreció posada y lecho. Agradecido por la amabilidad del director de la fábrica (que tal le pareció a él el ventero), ganchillote respondió: “no es lecho ni reposo lo que busco en este honorable lugar, pues tejer es mi descanso y no hay fábrica de lana en el mundo en la que un ganchillero andante como yo no vaya a dejar su sello”. Se extrañó el ventero por tan peculiar parlamento, dando por loco a su nuevo huésped. Le condujo entonces a su lecho, un camastro improvisado sobre un montón de paja, y se retiró sin mediar palabra.

Ganchillote, creyendo que había sido conducido a la sala de pruebas, tomó el montón de paja como una nueva y exótica fibra llegada de la India. Sacó el uso y su cepillo para cardar y se puso a hilarla. En menos de una hora tuvo listas más de una decena de madejas. No se habría podido tejer con ellas más de cuatro puntos del derecho, pero a él le parecieron dignas de ser usadas para el vestuario del rey.

Toda la noche estuvo nuestro ganchillero andante hilando. Cuando terminó con la paja continuó con las crines de los caballos del establo, con tres pieles de jabalí y hasta con dos kilos de alfalfa. En unas horas no quedó nada en el establo por ser hilado. Acudió entonces a la despensa, que a sus ojos no era sino la habitación de los tintes. Tomó varios botes de especias, cebollas y otros condimentos para teñir las madejas. También empleó un barril de vino para obtener un intenso color borgoña que consideró de belleza cuasi cegadora.

Casi al alba, expuesto y ordenado el resultado, que desafiaba las más elementales leyes del buen gusto, cayó rendido a un costado de Ovillante, que sí había podido dormir plácidamente toda la noche, ajeno a los desvaríos de su amo.

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III

Que cuenta el desenlace de su paso por la venta

A golpes de garrote propinados por el ventero despertó nuestro protagonista. De no ser por la intervención de otros huéspedes pronto no hubiera quedado hueso que quebrar. Toda alma a dos millas a la redonda oyó las amargas maldiciones del ventero, que acusó al maltrecho ganchillero de haberle causado la ruina. Este, airado a su vez por la que consideraba una terrible falta de agradecimiento del director de la fábrica, dijo con el aliento que le quedaba que las madejas por él hiladas y teñidas valdrían sobradamente para reparar los daños de los que hablaba y aún para poner diez fábricas más en América. Al oír estas palabras, el encolerizado ventero volvió a propinarle fuertes garrotazos que acabaron con el conocimiento de Ganchillote y que hubieran acabado también con su vida si la mucha sangre vertida no le hubiera hecho entrar en razón.

Cuando recuperó la conciencia, se encontraba tendido sobre el suelo junto a Ovillante, a pocos metros de la venta. Una bella dama, hospedada esa noche en el lugar y puesta al corriente del incidente al despertar, se había ofrecido a pagar al ventero. Dora de Vana, que así se llamaba la dama, viajaba acompañada por su criada, y quiso la casualidad que fuese una gran amante del arte de tejer, con el que ocupaba las horas en las que no debía atender su hacienda.

Mientras su criada curaba las muchas heridas de Ganchillote, la dama, consciente de su locura, alabó su destreza hilando, que este agradeció ofreciéndose a hilar una madeja para ella tan pronto como su condición se lo permitiese. La dama declinó amablemente la oferta y, apiadándose por su lamentable estado, le aconsejó que en adelante viajase con dinero, comida en las alforjas y su propia fibra para hilar. Este respondió que no había leído nada de eso en sus libros de crochet, pero la dama le convenció de que estos y otros detalles eran obviados por los autores al considerarlos ya sabidos. También le dio a entender que para transportar sus utensilios de tejer, la fibra y otros objetos que fueran de menester, era conveniente viajar acompañado por un ayudante, así como ella lo hacía junto a su fiel y discreta criada.

Con estas y otras recomendaciones dejó la dama al ganchillero andante que, no sin apuros, logró subirse a Ovillante. Tomó el camino a casa con la determinación de seguir los consejos recibidos y de partir en pos de nuevas aventuras tejeriles con la mayor presteza posible.

IV

De lo que tejió nuestro ganchillero cuando salió de la venta

No había recorrido más de dos millas cuando se encontró un mozo sentado sobre una roca. Por su boca supo que era cabrero y que iba de camino a una aldea vecina para pedir la mano de su amada al padre de esta. Ganchillote le preguntó por la razón de su poca premura, pues le hallaba sentado en lugar de cumplir con su cometido a toda prisa.

-El mal está, dijo el cabrero, en que no puedo ofrecerle a mi amada más que mi trabajo de pastor y el poco dinero que gano vendiendo mis quesos. A pesar de la voluntad de mi amada, cuya fidelidad no tiene parangón en la tierra, temo que su padre me rechace para entregarla al mayor heredero de la comarca.

-No hará tal, replicó Ganchillote, pues de mis manos ha de surgir prenda que, siendo incluso de dioses alabada, cuanto más servirá para ganarse el aprecio aún del más distinguido de los hidalgos.

Tanta fue la insistencia de nuestro ganchillero andante y tantos fueron los halagos que se dedicó a sí mismo que acabó por convencer al mozo. Con unas cuantas madejas conservadas como recuerdo de su paso por la venta, que seguía considerando glorioso, tejió un chaleco tan desigual y tan lleno de errores que dejó al mozo dudando de las muchas habilidades que había mencionado con tanto énfasis unas horas antes.

-Pena me da, dijo Ganchillote, entregar esta magna obra digna de los salones de la corte, pero me honra que vaya a ser el fruto del más puro matrimonio que estas tierras han visto.

Estos y otros desatinos profirió nuestro protagonista con tanto fervor que el mozo terminó por convencerse de que el mal tejido chaleco era una nueva moda sólo apreciada por reyes y gentes de buena cuna. Se despidió agradecido y determinado a lucir su chaleco ante el padre de su amada. Ganchillote, entre tanto, prosiguió su camino con gran satisfacción de sí mismo.

Sucedió que, mientras el mozo caminaba, los mal rematados puntos se fueron deshaciendo. El joven, que se imaginaba ya casado con su bella y noble amada, ni tuvo ojos para la prenda que rápidamente se evaporaba. Cuando se llegó ante la vista del padre, el chaleco estaba tan deshilachado y tan lleno de agujeros que el mozo vio rechazada su entrada antes de poder pronunciar palabra. Resultó que el chaleco había dejado un rastro de hilo que se perdía más allá de la entrada de la villa y cuyo extremo se encontraba ahora frente a la casa a cuya puerta había llamado. El agraviado padre, creyéndose víctima de una nueva forma de deshonra familiar, le previno bajo amenaza de muerte de acercarse de nuevo por el lugar.

Así concluyó la segunda aventura de nuestro ganchillero andante que, ajeno a lo ocurrido, volvía contento a su casa. Agradecido a la fortuna por haber podido socorrer tan pronto a un menesteroso, vio ya sus andanzas inmortalizadas en uno de los virtuosos sonetos del gran poeta Lope de Hebra:

Un soneto le escribo a Ganchillote,
valeroso y ganchillero andante;
desface los nudos en un instante
para que la costura no se note.

Estos y otros versos fue componiendo mientras hacía camino sobre Ovillante que, a pesar de estar cada vez más fieltrado, le pareció el más flamante ovillo que jamás tuvo para sí ganchillero andante.

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V

Donde prosigue la narración de la desgracia de nuestro ganchillero

Habiendo andado como dos leguas, descubrió un tropel de gente que iba de camino a Murcia para vender lana manchega. Cuando Ganchillote divisó el cargamento, se imaginó ser cosa propia de ganchillero andante; y así, con gentil continente y denuedo se puso en medio del camino y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír, levantó la voz.

-Sepan vuestras mercedes que este con el que han tenido la buenaventura de cruzarse es el famoso ganchillero andante Ganchillote de la mancha, que gustoso dará buen fin a la lana que transportan, aún cuando veo que en nada puede compararse con la suave, pura y ligera lana de la sin par Merinea.

Paráronse los mercaderes al son de estas razones. Al ver a una extraña figura menospreciando su mercancía y sustento, uno de ellos le preguntó si no estaría confundido, pues aunque no conocían a esa oveja que mentaba, la suya era lana de mucha mejor calidad.

-No será posible, canalla infame, respondió Ganchillote encendido en cólera, no será posible, digo, que esa vuestra lana sea mejor, y no ha en el mundo quien me haga afirmar lo contrario. Pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho, pues las ovejas con las que comerciáis no valdrían ni para besar las patas de mi señora Merinea.

Estas y otras razones de Ganchillote acabaron con la paciencia de los mercaderes. Mientras dos de los criados que con ellos viajaban le tiraron de Ovillante y le inmovilizaban en el suelo, uno de los mercaderes le obligó a tragar varios kilos de la lana que transportaban. Les pudo más la mala intención que los maravedíes que habrían ganado al venderla. Uno de los criados aprovechó también para partirle sus agujas de punto y ganchillo sobre sus costillas. Tan picado estaba el mozo y tantos golpes le dio, que le dejó más apaleado que el ventero.

Teniendo el cuerpo molido y el estómago vacío (no había probado bocado desde su salida), la lana que tragó le retorció de tal manera las entrañas que comenzó a vomitar. De la agitación, los espasmos y las bascas, y de la virulencia con la que los mercaderes le habían hecho tragar la lana, al vomitarla salió de su estómago ora trenzada, ora tejida a punto de arroz, ora dispuesta como si de una madeja de cuatro cabos se tratase. Además, se conoce que los jugos gástricos y el resto de salpicón que tomó la noche anterior a su partida crearon asombrosos degradados de colores. De no ser porque permanecía tendido en el suelo sin poder levantarse y con el entendimiento nublado, se habría maravillado del azaroso trabajo de su estómago.

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VI

Donde se cuenta cómo logró Ganchillote… Oye, tampoco te acostumbres a que te lo adelante yo todo. Lee y verás lo que pasó

Quiso la suerte que por allí pasara un labrador de su mismo lugar, y vecino suyo, que le oyó farfullar en el suelo. De su boca salían, no sin dificultad, frases como aumento a la derecha, nudo corredizo, anillo mágico, punto alto de relieve por delante… Por más que le preguntara por qué se hallaba postrado en el suelo o quién le había dejado en semejante estado, todo lo que obtuvo por respuesta fue que tirase bien del hilo no se le fueran a soltar los puntos.

Viendo esto el buen hombre, procuró levantarle del suelo y no con poco trabajo le subió sobre su jumento. Tomó de las riendas a Ovillante y se encaminó hacia su pueblo. Ante los suspiros de dolor de Ganchillote, que apenas si se podía tener sobre el borrico, el labrador se acercó a su vecino:

-¿Qué le ocurre a vuestra merced?

-Calle, que estoy contando, masculló Ganchillote.

Asombrado ante tanto disparate, y viendo que se disponía a explicarle cómo realizar el montaje de puntos con el método del pulgar, el labrador comprendió la locura de su vecino. Estando ya cerca del pueblo, resolvió aguardar a que anocheciese. Recordó que las tardes de los miércoles (día en el que transcurrieron los hechos que aquí se narran) se reunía Urban Knitting La Mancha, y prefirió el labrador que no viesen al molido ganchillero. El cielo le agradecerá el gesto, pues quiso la casualidad que aquella tarde estuviesen forrando con lana la picota de la plaza mayor, de tal modo que las integrantes del grupo habían acudido en pleno.

Llegada la hora que le pareció, entró el labrador en el pueblo y en la casa de Ganchillote, que halló toda alborotada, y estaban en ella el cura y el pastor del lugar, que eran grandes amigos de Ganchillote. El primero, por ser nuestro protagonista buen cristiano, tan temeroso de Dios como de los puntos sueltos. El segundo, por ser quien le proveía de la lana que necesitaba para sus cada vez más numerosos proyectos. A ambos estaba diciéndoles su ama a voces:

-Malditos sean esos libros de crochet que se da a leer tan de ordinario y que le han vuelto el juicio. Muchas veces le aconteció a mi señor estarse leyendo en estos desalmados libros de patrones dos días con sus noches: al cabo de los cuales arrojaba el libro de las manos y se pasaba horas tejiéndole gorros a San José o jerseys para los marranos, que no queda uno en el corral por vestir.

-Es culpa mía por entregarle la fibra que me pedía, dijo apesadumbrado el pastor. ¿Pero no probaron a retirarle sus útiles para tejer?

-Claro que lo hicimos, prosiguió su ama, pero entonces se pasaba noches enteras haciendo mímica, tejiendo sin aguja prendas imaginarias que luego nos mostraba para que expresásemos nuestra admiración.

Todo esto estaba oyendo el labrador, con que acabó de entender la enfermedad de su vecino, y así comenzó a decir a voces: abran paso a Ganchillote de la mancha y a su honrado discípulo, a quien enseñó a realizar cordones de punto. A estas voces salieron todos, que al reconocer a su herido amigo corrieron a abrazarle. Hiciéronle mil preguntas, pero este pidió comida y que le dejasen dormir, e hízose así.

VII

Del donoso y grande escrutinio que el cura y el pastor hicieron en la librería de Ganchillote

El cura se informó por el labrador de lo acontecido, el cual le contó los disparates que había oído decir a su vecino. Tomó entonces el cura la determinación de que no pasase el día de mañana sin que se hiciese un auto público, condenando al fuego los libros de crochet de Ganchillote. No fuese a ser, añadió, que quien los leyere dedique sus noches a elegir patrones y su esforzadamente ganado jornal a comprar madejas.

Aún dormía Ganchillote cuando el cura se vino a su casa en compañía del pastor. Pidió las llaves a la sobrina del aposento donde estaban los libros autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana. El primer libro que le pasó el pastor fue ‘Patrones de trapillo’, y dijo el cura:

-Parece cosa de misterio esta, pues el trapillo es el culpable de que muchos hidalgos se hayan interesado por el crochet.

Luego, ojeando algunas de sus páginas, añadió:

-Además, estas cestas y alfombras ofenden al buen gusto, así que le debemos sin excusa alguna condenar al fuego.

Mostrose conforme el pastor y continuaron con su labor purificadora, que dieron por terminada al cabo de dos horas. De la amplia colección de Ganchillote, el cura sólo salvó “Amigurumis VIPS: Los doce apóstoles”, por parecerle poco cristiano lanzarlo a las llamas, y “Abecedario en 3D, decora tu choza”, por considerar que las letras, incluso tejidas, son inofensivas.

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VIII

Que cuenta el despertar de Ganchillote y los disparates que a continuación dijo

En esto comenzó a dar voces Ganchillote, diciendo:

-Ese punto elástico no está bien resuelto, hay que tejer los puntos como se presentan.

Acudieron al ruido los presentes y cuando llegaron a Ganchillote, ya él estaba levantado, moviendo las manos como si tuviera una aguja en cada una y tirando de un ovillo que sólo él debía ver. Tras devolverle al lecho, diéronle de comer y quedose otra vez dormido.

De allí a dos días se levantó Ganchillote y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros, pues tenía en mente tejer una funda para el orinal y buscaba el patrón adecuado. Como no vio ninguno, salvo los dos ya precisados, preguntó a su ama que hacia qué parte estaban sus libros de crochet. El ama, que ya estaba bien advertida de lo que había de responder, le dijo:

-Ya no hay libros en este casa, que se los llevó todos un hidalgo de un pueblo vecino. Sólo dejó dicho, antes de perderse en la oscuridad de la noche, que por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos libros, dejaba hecho el daño en aquella casa que después se vería.

-Debió ser sin duda el hidalgo Puntillero, dijo Ganchillote, que es un tejedor, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza porque sabe que yo remato mejor los proyectos y que le tengo de vencer en el arte de tejer tan pronto como a él me enfrente.

-¿Pero quién le mandará a vuestra merced, prosiguió la ama, meterse en esas pendencias? Ya que tanto le aprovecha el tejer, ¿por qué no lo hace con telar?, al menos se quedaría en casa en vez de irse por el mundo. ¿O por qué no dedicar su tiempo a otros ocios igualmente cristianos, como la decoración de sobaos o la encuadernación creativa de Biblias? De un tiempo a esta parte se ha extendido cada vez más la bisutería con granos de trigo.

Hubiera continuado el ama si no hubiese visto la cólera encenderse en el rostro de Ganchillote. Es, pues, el caso que él estuvo quince días en casa muy sosegado, tiempo en el que sólo tejió unas medias (tan llenas de agujeros que se hubiera protegido mejor del frío sin ellas) y un juego de posavasos (tan desiguales que no hubo copa en ellos posada que no derramara al instante su contenido).

En este tiempo solicitó también la presencia de un marcador vecino suyo, al que pidió que le acompañase y le sirviese de ayudante. Le aseguró que tal iba a ser su fama como tejedor, que pronto le agradecería sus servicios poniéndole al frente de una fábrica de hilados. Con esas promesas y otras tales se convenció, aún teniendo que dejar mujer e hijos.

A petición de su nuevo señor, Marcapanza, que así era conocido en el pueblo debido a su prominente barriga, preparó las alforjas, limpió los utensilios de tejer de Ganchillote y cargó a Ovillante con toda la fibra de lana que cupo. Todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Marcapanza de sus hijos y mujer, ni Ganchillote de su ama, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese.

IX

De la segunda salida de nuestro buen ganchillero de la mancha

Caminaron toda la noche, Ganchillote a lomos de Ovillante, y Marcapanza a lomos de su pompón que, a imitación de su señor, decidió bautizar como Pomponero. Pareciole bien a Ganchillote, con ese nombre quedó. Ya había amanecido cuando Marcapanza, que tenía poca sal en la mollera, preguntó a su amo:

-En esto de servirle de ayudante, de criado o como a bien tenga llamarme vuestra merced, ¿será mi labor como la de aquellos escuderos que acompañaban otrora a los caballeros andantes?

A lo cual le respondió Ganchillote:

-Así es, amigo Marcapanza, sólo que en lugar de ayudarme con armaduras y lanzas, me alcanzarás agujas, husos o madejas cuando la ocasión lo requiera.

En esto descubrieron un molino de viento que hay en aquel campo, y así como Ganchillote lo vio, dijo a Marcapanza:

-Parece que Aracne, diosa de los tejedores, va guiando nuestras cosas mejor de lo que parece, porque ves allí, donde se descubre esa rueca gigante, con la que pienso hilar madeja tan grande, bella y fina que a todos maravillará y sin duda nos traerá fama y riqueza.

-¿Qué rueca gigante? dijo Marcapanza.

-Aquella que ves, respondió Ganchillote, que debe medir por lo menos dos leguas.

-Mire vuestra merced, respondió Marcapanza, que aquello que allí se parece no es una rueca gigante, sino un molino de viento.

-Bien parece, replicó Ganchillote, que no estás cursado en el arte de tejer; es una rueca gigante, y si no lo crees, quítate de ahí y verás cómo creo tal madeja que tú te tengas por bien afortunado de haberlo presenciado.

Y diciendo esto, dio de espuelas a Ovillante y se acercó a toda prisa hacia el molino sin atender a las voces que Marcapanza le daba. Ya estaba atando la fibra a una de las aspas, que a él le parecía rueca, cuando levantose en esto un poco de viento. Las grandes aspas comenzaron a moverse, llevando consigo a Ganchillote, que sujetaba con fuerza el otro extremo de la fibra. Varias vueltas dio en el aire nuestro ganchillero andante, y cuando acabose de enroscar la fibra en el molino, enganchose también su ropa. Cuando el molino hubo tragado todo cuanto llevaba, cayó su dueño al suelo quedando muy maltrecho y mostrando sus vergüenzas.

-¡Válame Dios! dijo Marcapanza; ¿no le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no era sino molino de viento?

-Calla, amigo Marcapanza, respondió Ganchillote. El mal estuvo en que el viento, antiguo enemigo de los tejedores, puso la rueca en movimiento antes de que tuviese terminada mi labor. No quiso el cielo concederme la gloria, mas al cabo al cabo poco han de poder las ráfagas de viento contra la voluntad de mi aguja.

Como su ropa había quedado en lo más alto de un aspa y no era posible recuperarla, Ganchillote se tejió un jubón, un calzón y hasta una valona para el cuello. Con tan poco oficio tejió que dejó más de una vergüenza por tapar y quedó su vestimenta tan pobre y cochambrosa, que quien no los conociera pensara ser Marcapanza el amo y Ganchillote su criado.

Satisfecho por el resultado, tornó Ganchillote a subir sobre Ovillante, dejando parte de su calzón en la operación y quedando cuasi desnudo de medio abajo. No quiso decir nada Marcapanza, por no contrariar a su amo y, hablando sobre la aventura pasada, siguieron su camino.
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FIN

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Acerca de lasletrasmolan

Soy licenciado en Filología hispánica y profesor de asignaturas de letras: Lengua castellana, Lingua galega, Latín, Historia, Filosofía, Técnicas de expresión escrita, Francés. Tengo experiencia docente en colegios, academias y a domicilio. Ofrezco una visión lúdica de las materias de letras, sin olvidar la base teórica y teniendo muy en cuenta las dificultades del alumno a la hora de afrontar sus estudios. Querido profesor: también cuento contigo y tal vez en algún momento te sientas identificado con alguna de las situaciones aquí expuestas. Queridos padres: sin vosotros esta página no sería posible. Si quieres clases u organizar talleres de escritura o de lectura, no dudes en escribirme o llamarme. Puedes llamarme al 628693668 o escribirme a lasletrasmolan@hotmail.es
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