Imitación de un artículo de Larra a partir de una escena de Gangs of New York. El resultado.


Recordamos que íbamos a intentar crear un artículo que imitase a los de Larra a partir de esta escena. Espero que el brillante articulista sea indulgente conmigo y no me maldiga desde el más allá. Como se dice en estos casos “este relato es ficticio e inspirado en la escena de la película, los nombres de las personas son inventados, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”.

LA IRRESPONSABILIDAD CIUDADANA.

España es un país inmaduro en lo concerniente a asunción de responsabilidades, aquí se interpreta la ausencia de vigilancia como una señal para faltar a las obligaciones, de la misma manera que un niño aprovecha la ausencia de sus progenitores para poder tirar los juguetes por el suelo o embadurnarse las manos con el barro del suelo tras la lluvia. Así son los adultos patrios, una suerte de infantes cuyos actos están regidos por el capricho de sus voluntades y no siguen los dictados del sentido común.

Nuestro país es una vergüenza comparado con los de nuestros vecinos. En Francia e Inglaterra impera la cordura y el orden más exquisito, quien comete un error es juzgado en justicia mientras que aquí se premia el  robo, la sinvergüencería y el faltar a las obligaciones, quien ocupa un cargo es el menos apto para ello. Aquí los políticos que triunfan son los que más roban, se promociona al más vago, la gente ensucia las calles porque dice que ya las limpiarán otros, los arquitectos no pagan seguros a los obreros y estos a su vez no están cualificados para su trabajo. Inglaterra, Francia, amigo mío, son países donde todo funciona como Dios manda.

Quien se quejaba con tanta amargura era mi amigo Alejandro Morral, mientras paseábamos por las calles de la ciudad el día de las fiestas patronales; la vía pública estaba atestada de gente y no pasaban diez metros cada vez que un codo chocaba contra alguno de los dos; aunque había caído la noche la temperatura era agradable, con lo que ambos llevábamos chaquetas delgadas y mientras yo iba tocado con una gorra de tipo informal, mi amigo y compañero de caminata y charla llevaba la cabeza libre y un pequeño pañuelo anudado al cuello.

– Mi querido Alejandro, estás en lo cierto en muchas de tus afirmaciones, pero hace muchos años que nos conocemos y pienso que hay algo que ignoraba de ti; no tenía constancia de tus viajes al extranjero.

-Ciertamente lo dices porque he citado dichos países, pues no he tenido tal fortuna, pero tú también compartes la misma información que yo, pues recordaras a nuestro amigo Charles Bean, aquel londinense que quedó asustado del desorden reinante en nuestras calles y nuestras instituciones mientras recordaba que su país se hallaba en las antípodas de nuestra moral.

Y era cierto, gracias a él supimos que en su isla solo se servía alcohol a determinadas horas y que en la calle había que guardar la compostura y que nadie podía permitirse el defraudar a la sociedad; posteriormente nuestro amigo se mudó a otra localidad española para predicar la sólida moralidad británica en un local nocturno abierto por él en el que las drogas y el alcohol eran la moneda de cambio por cierto tipo de servicios que le prestaban los clientes a él y a sus empleados, lo cual suponía una innovación en el concepto de servicio público, ya que no sólo consiguió suprimir el vil metal de las transacciones económicas, sino que el servicio era recíproco entre empresario y cliente. Ciertamente nuestro amigo se integró plenamente en nuestro país.

Durante nuestro paseo por la calle escuchamos un silbido seguido de un resplandor en el cielo y una detonación. Comenzaba la sesión de fuegos artificiales.

-Las calles sucias, el gobierno no invierte en favorecer los negocios de los particulares, el vulgo no quiere trabajar, pero ni se te ocurra suprimir las fiestas ni escatimar en gastos para que se celebren, los panem et circenses romanos se transforman en los focus et panderetensis hispanos.

Reí para mis adentros el ingenioso neolatinismo de mi apreciado amigo y alcé la vista para admirarme del bello espectáculo pirotécnico. Unas chispas de una fogosa palmera que se dibujaba en el aire, que bien podíamos decir dátiles de fuego desprendidos de una ígnea palma, cayeron sobre el tejado de una casa. Si hubiesen sido de los que nos encontramos en las vegetales, todo terminaría en unos incómodos ruidos, pero dada su ardiente naturaleza, unida a la suciedad del tejado y a la deficiente calidad de los materiales de construcción, el edificio ardió como una enorme antorcha. Unos pilluelos entraron en él.

-Fíjate, ahora esos desvergonzados van a afanar lo que puedan aprovechando el tumulto que se está creando en la calle; si es que lo que ocurre en este país es sonrojante.

Y yo que pensaba acudían a ayudar a apagar el incendio; empezaba a esfumarse la confianza que sentía por el ser humano. Un tintineo de campana nos anuncia la llegada del un vehículo empujado por los bomberos; a la cabeza corre saludando a ambos lados de la calle el jefe de los mismos; la cuadrilla, que lleva unas camisas naranja intenso va detrás empujando el coche que lleva el líquido elemento. Un pollo calavera, tocado de un enorme chapó, coloca un barril sobre la boca de riego y se sienta encima, ni se le ocurrió pensar por un momento que los apagafuegos podrían necesitarla.

Como si de Napoleón se tratase, el jefe de bomberos realiza una serie de aspavientos arengando a sus soldados a combatir al caluroso enemigo, los cuales comienzan a desplegar su armamento de mangueras y a orientarlo hacia la vivienda; pero hete aquí que por la otra esquina de la calle aparece el general Wellington con su ejército, o para ser más precisos, otra cuadrilla de bomberos con su jefe y su depósito repleto de agua; a una voz de sus caudillos, ambos bandos se enzarzan en una pelea a la altura de parlamentos de países exóticos mientras sus jefes se hacen discretamente a un lado para no restarle protagonismo a sus muchachos.

-¡Mira que vergüenza, somos el hazmerreír del mundo civilizado! Los bomberos peleando entre sí mientras la casa es pasto de las llamas; la dueña de la vivienda desgañitándose desesperadamente ante la inoperancia del jefe de la cuadrilla, nunca mejor dicho porque son una cuadrilla de haraganes, la gente entrando a apañar lo que puedan a costa de su integridad física, merecen que un rayo les parta y así queden fulminados.

Toda la razón tenía mi buen amigo, todas las críticas hacia el país cobraban vida propia en aquellos escasos cinco minutos; me sumí silencioso en mis pensamientos rumiando todas aquellas palabras. Realmente la esperanza en esta sociedad es algo que ahora veo muy lejano y que se pierde en el horizonte como los barcos que se dirigen hacia las Américas. No encuentro consuelo posible. En este estado me hallo cuando la voz de mi amigo me devuelve a la realidad.

-¡Vuelvo enseguida!

Y observo como se dirige a toda velocidad hacia la morada ardiente y desaparece tras la puerta de entrada que bien podría decirse que era la puerta del mismísimo infierno. La chispa de la esperanza ha prendido en esa enorme hoguera y pienso que ayudará a la buena mujer a recuperar aunque sea una ínfima parte de sus bienes. Siento que esa chispa ha prendido en mí y voy corriendo a ayudar a rescatar alguna de las pertenencias para entregárselas a la dueña. Movido por el ímpetu que sintió don Quijote cuando arremetió contra los molinos de viento, corro a unir mis fuerzas a las de mi amigo, pero cuando apenas me quedaba un metro para flanquear el flamígero dintel sale mi amigo corriendo y con gestos me dice que lo siga. Seguimos a un buen trote durante unos doscientos metros hasta que se detuvo y pude hacerme a la idea de su apariencia externa. La cara estaba llena de humo y sus prendas estaban parcialmente chamuscadas, pero había conseguido rescatar unos candelabros y varios objetos de oro y plata, que aunque barnizados de hollín, le darían una pequeña satisfacción a su propietaria dentro de la desgracia general. Sí, mi amigo lo había conseguido. Abrí la boca para iniciar la frase que serviría para mostrarle mi mayor rendida admiración, pero él se me adelantó y dijo:

-¿Qué tal me pueden quedar estos candelabros en el recibidor de la casa? Pienso que las demás piezas no me van a resultar útiles, así que voy a intentar conseguir algunos cuartos vendiéndolas en el mercadillo.

El fuego de la esperanza quedó apagado por el jarro de agua fría de estas palabras. El paladín de la moral, el castigador de las malas costumbres no era más que un infiltrado de toda aquella caterva de impresentables y lo peor de todo es que podíamos decir que era su abanderado. Qué porvenir puede tener un país en el que todo el mundo, cual Lázaro de Tormes, trata de aprovecharse de la desgracia ajena o de hacer el menor esfuerzo para vivir una vulgar existencia, en el que los supuestos guardianes de la decencia y el decoro acuden como aves carroñeras a los cadáveres que la dura vida va dejando por el camino.

Viendo mi estado de ánimo, mi amigo me invitó a tomarme un vino a su casa en unas de las copas que había extraído de aquella casa, naturalmente las vendería, pero como los amigos están por encima de todo, podrían ser empleadas primeramente para libar los alcohólicos efluvios de la uva. Decliné la invitación alegando que tendría que madrugar para acudir temprano al trabajo, no quisiera ser uno de esos vampiros que desangran al país.

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Acerca de lasletrasmolan

Soy licenciado en Filología hispánica y profesor de asignaturas de letras: Lengua castellana, Lingua galega, Latín, Historia, Filosofía, Técnicas de expresión escrita, Francés. Tengo experiencia docente en colegios, academias y a domicilio. Ofrezco una visión lúdica de las materias de letras, sin olvidar la base teórica y teniendo muy en cuenta las dificultades del alumno a la hora de afrontar sus estudios. Querido profesor: también cuento contigo y tal vez en algún momento te sientas identificado con alguna de las situaciones aquí expuestas. Queridos padres: sin vosotros esta página no sería posible. Si quieres clases u organizar talleres de escritura o de lectura, no dudes en escribirme o llamarme. Puedes llamarme al 628693668 o escribirme a lasletrasmolan@hotmail.es
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