Este pasado 20 de abril terminé la lectura iniciada cuatro años antes de los Episodios Nacionales, de Benito Pérez Galdós. La edición empleada constaba de cinco tomos y no la leí toda de un tirón; la secuencia era la siguiente: comenzaba el año, iniciaba la lectura de un tomo; una vez terminado, generalmente en los meses de verano, pasaba a otros libros hasta el comienzo del año siguiente, en los que leía el tomo siguiente. Hace más o menos un año, con el cuarto volumen mediado, me hice el propósito de no coger un libro más hasta terminar la magna obra galdosiana, y a fe mía que lo cumplí.
Una delimitación simple de la obra la encasillaría en el género de la novela histórica, pues a través de una serie de personajes ficticios nos paseamos a lo largo de gran parte del siglo XIX español. Pero hay mucho más.
Como en todas las grandes obras nos encontramos una confluencia de las influencias pasadas a la vez que se nos marca el camino hacia el futuro. De la misma manera que el Quijote es un punto de encuentro de las novelas existentes hasta ese momento y la reelaboración de alguna de ellas y nos da pistas acerca del camino que tomará la literatura y la sociedad de los tiempos venideros, los Episodios Nacionales de Galdós beben de la tradición literaria española, son testigos de la evolución social de nuestro país a lo largo de la centuria y contienen el embrión de la España de los siglos siguientes.
Los diez primeros tomos representan la adaptación de la novela picaresca al estilo realista a la posiblemente se le añada una pizca del Oliver Twist de Dickens.
Efectivamente, Gabriel, protagonista de la primera serie, es un chico de origen humilde, huérfano, que a medida que pasan los años va superando todas las dificultades que se encuentra por el camino, todo ello en el marco de la guerra contra los franceses integrado en una narración de acontecimientos históricos que lo hacen participar en las batallas de Trafalgar y de Arapiles e incluso ser uno de los fusilados el dos de mayo, aunque lógicamente sobrevivió.
A lo largo de los restantes tomos encontramos una multitud de guiños al Quijote, bien a través de sus orígenes manchegos, bien a través de determinados motivos, como aquel señor que enloqueció leyendo libros de política y sus hijas tomaron la determinación de tapiarle la biblioteca.
Otra de la obra que encuentro homenajeada es «Las cartas marruecas» de Cadalso, no por tratarse de género epistolar, recurso empleado en otras novelas para completar la historia, sino por la comparativa establecida entre los españoles y los marroquíes. En Aitta Tettauen nos muestra una campaña del ejercito español en Marruecos en la que aparecen personajes con varias mujeres como esposas; situación repetida en la siguiente, Carlos VI en la Rápita, pero del lado español y por parte de un sacerdote, pero que en vez de tener esposas, tiene bien «sobrinas» o bien «criadas», e incluso llega a plantear la posibilidad de que los sacerdotes tengan la libertad de poder contraer matrimonio.
Sería muy arriesgado por nuestra parte decir que trataría temas muy avanzados para la época, pues desconocemos los detalles de las circunstancias de aquel momento, pero sí que se trata con naturalidad la convivencia entre hombres y mujeres fuera del matrimonio, como el caso de Mita y Ley, o la reivindicación del derecho de las mujeres a su independencia, una vida digna o a ocupar puestos de responsabilidad. La Miss Fly de «Los Arapiles» es un claro ejemplo de mujer independiente, si bien un tanto trastornada por el mito de los caballeros españoles. En otros pasajes de la serie nos encontramos citas como estas:
… ¿por qué no se habían de encomendar a mujeres ciertas cosas del Gobierno.
-¿Por qué no? Ahí están Catalina de Rusia, Isabel de Inglaterra y otras que gobernaron a sus pueblos.
-No, no es eso lo que digo. Gobiernen a los pueblos los hombres; lo que, según mi entender, podía confiarse a las mujeres es un trabajo menudo y que no requiere ciencia de libros; por ejemplo, el descubrir conspiraciones.
-En Francia dicen que hay muchas mujeres empleadas en la Policía secreta.
-Las mujeres… son más leales que los hombres; sirven con más ardor y honradez a una causa cualquiera, son menos accesibles a la corrupción, poseen instinto más fino y mayor agudeza de ingenio, mayor penetración. Ustedes piensan, nosotras adivinamos.
«La segunda casaca».
¿Y para qué sirve la libertad? Para escribir en los papeles mil disparates, para insultar a los ministros y no dejarles gobernar; libertad para los que alborotan, y entretanto, el pobre, pobre se queda, y los ricos se hacen más ricos, y nosotras, las mujeres, seguimos esclavas.
«Montes de Oca».
En todo momento y en muchos capítulos da a entender que las revueltas populares están orquestadas desde arriba:
«A todas estas llegó una compañía de guardias para custodiar la casa después de saqueada; fácil era comprender la inteligente dirección del motín, de que había sido brutal instrumento un pueblo sencillo. Este no hubiera podido dar un paso más allá de la línea que se le marcara sin sentir encima la fuerte mano de la autoridad.»
19 de marzo y 2 de mayo
«-¿Ves esa turbamulta de vagos que aúllan en los cafés, que alborotan en la plaza de Palacio, que apedrean las casas de los ministros, que van a cantar coplas indecentes junto a la reja de la prisión de Vinuesa?… Pues todos ellos viven, y viven bien.
-Los ochentines del Pastor harán ese milagro.
-Eso creo yo. Los ochentines…
-Pero contra los ochentines el Gobierno tiene empleos públicos. Póngame usted en la Cárcel de la Corona a un empleado que se preste a favorecer nuestro plan.»
El grande Oriente.
«Faltara a todas las exigencias de la Historia el buen Cordero si omitiera lo que se dijo del envenenamiento de las aguas… Este ingrediente desempeñó en aquellos sucesos terribles un papel de primer orden. Fue arma odiosa de mala fe, de la ignorancia, y absurdo pretexto… de uno de los más feos crímenes políticos que se han cometido en España. Conocemos la víctima y el grosero instrumento. La mano, ¿qué mano era y dónde estaba? ¿Creemos en el espontáneo error del populacho y en un movimiento instintivo y ciego de su barbarie?… Difícil es creer esto. Pero el aguijón que inquietó al bruto, haciéndole morder y cocear, quedó escondido en el misterio ¿Fue el degüello cosa resuelta y ordenada en círculos obscuros, ávidos de maldad y escándalo?»
Un faccioso más, algunos frailes menos.
A algunos les sonará de algo esta alusión:
«Los tenebrosos intrigantes del Ángel Exterminador no prevalecerán aunque lo mande el Papa, ni aunque se devanen los sesos todas las eminencias de cal y canto que farolean en el cuarto del infante don Carlos.»
Un voluntario realista.
Predijo la existencia de un partido verde y otro morado:
«Los comuneros, que nacieron del odio a los masones, como los hongos nacen del estiércol, creyendo que los ritos y práctica de la masonería eran una antigualla desabrida, antiespañola, prosaica y árida, imaginaron que les convenía establecer un simbolismo caballeresco y nacional…
Su color distintivo era el morado, así como los masones adoptaron el verde.»
El Grande Oriente.
En esta obra está perfectamente ambientada la evolución social de aquel siglo, hace suyo el concepto de intrahistoria unamuniano y lo intercala a la perfección en los acontecimientos históricos que marcaron esos tiempos; la locura de la juventud en el periodo romántico, con un Espronceda formando parte de los Numantinos; por otra parte hay momentos que son dignos de novelas de espionaje, con una misteriosa persona que conoce todos los pasos del protagonista, otros de ciencia ficción, como aquellos instantes en los que Tito Liviano, con ese nombre está todo dicho, sufre desvanecimientos y se encuentra en paisajes fantásticos con las musas; si bien podríamos evocar la cueva de Montesinos. En definitiva, una joya de la literatura española que espera ser exhibida en todo su esplendor.
El último párrafo de la última novela es terriblemente inquietante y anuncia una sentencia que se repetirá a lo largo del siglo XXI.
«Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose, hipócritas, en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el tela burocrático. No harán nada fecundo… no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales de la grande y pequeña industria.»
Cánovas.